Miravalles es una cima muy modesta por su altura. Sin embargo, por su situación y estructura es un excelente mirador sobre el entorno. Bien lo sabían las tropas carlistas y liberales que se enzarzaron en la batalla que lleva su nombre, en 1875, y quienes defendieron la fortificación que se erigió en la cima.
Hoy quedan, como testigo, unos pocos muros que levantan no más de un metro de altura. A los pies de esta pirámide modesta, pero al mismo tiempo esbelta, se disfruta de las localidades de
Huarte,
Villava y, algo más alejada,
Arre.
A su alrededor las circunvalaciones de la zona urbana de la capital: la variante Norte, las carreteras que unen Villava y Huarte. Y también los dos ríos,
Arga y
Ultzama, que llegan de diferentes valles para unirse poco más allá.
Por eso, para un paseo tan corto, la excursión es intensa y agradecida. Se la recomiendo a todos aquellos que no la hayan experimentado.
Los primeros cien metros resultan casi «violentos», pues la senda trepa entre rocas y tierra para encaramarse a la cresta sobre la Trinidad. Después el tramo recorrido se agradece, pues de inmediato ya tenemos una bonita postal bajo nuestros pies: la ermita y el puente sobre el Ultzama.
Más adelante vamos ganando por la cresta el resto de la altura que nos queda hasta alcanzar la cima. Por la vertiente contraria descendemos hasta ponernos casi entre las casas de Huarte. Justo cuando vamos a entrar en el pueblo le damos la espalda y nos ponemos a rodear la ladera norte para enlazar con el Camino de Santiago, que nos devuelve cómodamente al punto de partida.
En una hora podemos completar este recorrido que, para muchos, queda a un tiro de piedra de su domicilio.